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jueves, 8 de julio de 2010

Hacia el sujeto de Freud y del psicoanálisis. Autor: Pablo Grosz S.

‘Lo que hubo es lo que habrá, y lo que hacemos es lo que se hará
y no hay nada nuevo bajo el sol’ (Eclesiastés, 1:9) [iii]

Una invitación para participar de un congreso psicoanalítico en Israel, rezaba así:

La manera que tiene Lacan de descifrar los textos es conocida desde hace tiempo. Desde milenios, en efecto, los judíos se empeñan en estudiar, comentar, explicar el texto sagrado a partir de reglas que son: la interpretación metafórica y metonímica, la inversión de sentido, el recorte de la palabra en fragmentos distintamente significativos, su recomposición invertida o alternada, la lectura al revés, la conexión con otras palabras que comparten una misma letra, la combinatoria numérica, etc. (...) [iv].

Bastaría, a quien esté familiarizado con el psicoanálisis, afirmar que tal hermenéutica enraíza su método de trabajo en el Talmud y en la Kabaláh; lo que estos textos realizan con la palabra bíblica, en el psicoanálisis se realiza en la palabra del Sujeto.

En el análisis del olvido del nombre “Signorelli” presentado como paradigma de actos fallidos de la vida cotidiana encontramos elementos que permiten proseguir la investigación. En efecto, se destacan determinantes adicionales para el célebre olvido del propio Freud, que si bien no lo descubrió explícitamente en su análisis, dejó marcas que permiten seguir un sendero. El recorrido es análogo al que George Haddad encuentra en La interpretación de los sueños, en tanto es: 1) Una marca hebrea; 2) Inconsciente; 3) Lugar inaugural en la obra de Freud; 4) De carácter paradigmático, deviene formación inconsciente del propio Freud que cruza, de distinto modo, la Traumdeutung y la Psicopatología de la vida cotidiana). En resumen: 5) Una letra que insiste en inscribirse y cuya localización en la cultura judía es la puerta de un hogar o habitación.

1. Una letra sagrada en La Interpretación de los sueños, descubierta por Haddad y Lacan.

Situar el Talmud como fuente del psicoanálisis, constituye parte de la exploración llevada a cabo por Gérard Haddad. Es posible citar para proseguir luego con lo que nos proponemos agregar un aspecto del análisis que hace Freud del sueño de Irma (Haddad, 1981), sueño que es, sin duda, pilar de la obra fundamental de Freud: Die Traumdeutung [v].

Freud, sueña (1979) que indica a Irma paciente que allende el sueño ha rechazado esa indicación, esto es, la cura psicoanalítica una solución de trimetilamina, ‘(...) la formula está impresa en caracteres gruesos, como si quisiera destacar del contexto algo particularmente importante’ (p.137) comenta Freud. Por su parte, Haddad analiza esta solución, en lo que podríamos llamar sus tres elementos: tri: tres, met: muerte, min: sexo (los dos últimos son términos hebreos). Es decir, la trimetilamina encierra, en sus caracteres, lo que llegarán a ser los tres fundamentos de la teoría psicoanalítica: triángulo edípico, sexualidad y tánatos o pulsión de muerte.

Pero Haddad, no se detiene en el umbral, llega hasta la estructura molecular de la trimetilamina; descubre que su fórmula se corresponde geométricamente con la letra hebrea shin [vi], la que evoca a Dios por su letra inicial, abreviación de uso frecuente, uno de sus apodos o alusiones (Todopoderoso: shadai: שּׂדּ; el hebreo corre de derecha a izquierda y no posee escritura necesaria en las vocales). Pero, a su vez, este nombre es abreviatura de otra alusión, compuesta de tres palabras Shomer Dlatot Israel: “el que cuida las puertas de Israel”. La letra shin, cuya estructura de carácter sagrado ya detectó Lacan (1987) aunque por motivo no explicitado se inscribe en las puertas, en las mezuzot que los hogares judíos tienen clavados en el marco de las puertas, indicando que allí habita un hebreo [vii]. La ubicación de la mezuzá, en la puerta, coincide con el lugar de la inyección de Irma y constituye el primer análisis paradigmático en la obra escrita de Freud: en la entrada, se ubica la letra shin (ש). La letra es, además, la inicial del nombre hebreo de Freud, Shlomo (Salomón).

Hasta aquí hemos parafraseado a Haddad pudiendo parecerle al lector todo ello un sinsentido o, a lo menos, un cúmulo de afirmaciones sospechosas. Las próximas evidencias que presentamos concernientes al rol que juegan tales raíces en el inconsciente freudiano, confirman la hipótesis de la inscripción hebrea y de su marca en la génesis del inconsciente psicoanalítico, de sus huellas en la técnica de desciframiento.


La huella en la Psicopatología de la vida cotidiana.

‘Lo que tenía que decirles sobre los Nombres-del-Padre, en efecto no intentaba otra cosa que el cuestionamiento del origen, es decir averiguar mediante qué privilegio pudo encontrar el deseo de Freud, en el campo de la experiencia que designo como el inconsciente, la puerta de entrada’ (Lacan, 1987: p. 20).

Luego de haber repasado el análisis de Haddad y agregado algunos comentarios, aportaremos lo que nos parece un interesante hallazgo en la Psicopatología de la vida cotidiana, con el “Olvido de nombres propios”. Allí, Freud, está interesado en mostrar que el psicoanálisis permite la lectura del inconsciente en base a errores y actos fallidos de la vida diaria. Recordaremos aquí su olvido, del que Freud, tan metódico y sistemático como siempre, sin embargo, no repara; no podría ser de otra manera, sólo lo preconsciente nos es accesible, no así lo inconsciente. Freud nos cuenta de su viaje en tren con destino a la Herzegovina al momento de entablar un diálogo con un desconocido; éste le comenta, primeramente, cómo los residentes turcos de la zona se resignan ante la muerte y confían en el médico; según le contara un colega, cuando alguien muere dice: ‘Sr. (Herr), ¡Qué le vamos a hacer! ¡Sabemos que si hubiere sido posible salvarle, le habrías salvado!’ (Freud, 1979b: p. 756). Con posterioridad, Freud recuerda un segundo comentario anecdótico, en el cual, por referirse a un tema escabroso, omite al relator. El recuerdo gira en torno a la importancia que conceden los turcos a la vida sexual; le dicen al médico: ‘Tú sabes muy bien, señor (Herr), que cuando eso no es ya posible, pierde la vida todo su valor’ (p. 756). Este diálogo precede al olvido de Freud y luego pregunta su interlocutor si ha visto en Orvietto los frescos de ‘Las cuatro últimas cosas de... ‘ (p... 756); en sustitución del nombre olvidado, menciona a Boticcelli, y luego a Boltraffio, sabiendo que yerra; un tercero, allí presente, le recuerda que se trata de Signorelli.

Las asociaciones y el análisis método que propone en este capítulo lo llevan a considerar como determinante del olvido, un proceso represivo asociado al tema que decide evitar conscientemente, que incluye sexualidad y muerte: en la ciudad de Trafoi le habían comunicado acerca del suicidio de un paciente al que atendiera durante largo tiempo aquejado de una perturbación sexual incurable; suceso triste que lo afecta, aunque evite pensar en ello. Freud, explica su método para encontrar los determinantes del olvido del nombre propio y la consiguiente sustitución por otro. En su análisis, maneja los nombres de un modo análogo a cómo se manejan las imágenes gráficas que aluden a fragmentos de frases, con la que se forma un jeroglífico (p...758):

Freud concluye que los condicionantes del olvido del nombre acompañado de un recuerdo erróneo son:

a) Una determinada disposición para el olvido del nombre.
b) Un proceso represivo llevado a cabo poco tiempo antes.
c) La posibilidad de una asociación externa entre el nombre que se olvida y el elemento anteriormente reprimido.

Nos ocuparemos, no obstante aquí, a más de un siglo del hallazgo freudiano, de otras condiciones para el olvido del significante Signorelli, no consideradas por el autor y que se refieren a la letra a) antes citada. En primer lugar se destaca una repetición: Signorelli → Signor/Elli. Elli ―como recordarán cristianos y judíos― significa “Dios mío” en hebreo y deviene vocablo conocido transculturalmente; baste recordar las últimas palabras atribuidas a Jesús en la cruz. Freud, parece haber olvidado a Dios en la palabra que lo alude y ha repetido su olvido: Olvidando al señor (Signor) y en su lugar recordando a Boticcelli (1); olvidando a Elli en Boltraffio (2); en el mismo análisis posterior al acto de olvido en el tren, pues no considera la palabra Elli, significante definitivo para el judío que habita en Freud (3). El propio Freud la deja gráficamente subrayada, es decir, consigna su marca (ver figura 1).

Lo hasta aquí expuesto parece ser suficiente para afirmar, que todo ello es expresión simbólica de la muerte del padre, y por extensión metafórica, de la muerte de Dios. Lacan, así lo muestra en consideración exclusiva a la palabra Herr: ‘El término Signor pasa hacia abajo, Herr: el Amo absoluto, la muerte absoluta para decirlo todo, desaparece allí. ¿No vemos perfilarse, tras ello, todo lo que Freud necesita para encontrar en los mitos de la muerte del padre la regulación de su deseo? Después de todo coincide con Nietzsche para enunciar con su propio mito que Dios ha muerto’ (Lacan, 1987: p. 35). Esto pudo decirlo Lacan, sin haber notado el significante Elli, lo que comprueba, una vez más, la aptitud de Lacan para ver en la profundidad, para ver las estructuras que alientan las olas, sabía que el significante Elli rondaba por allí. Algo referido a la muerte del Padre, se verifica en Moisés y la religión monoteísta, en tanto que Freud entrega una versión diferente de las escrituras sagradas que le vienen de su padre y de su abuelo [viii], relativa al origen y al supuesto asesinato de Moisés [ix].

Partir de la palabra, se trata de la misma técnica que utiliza Freud para el análisis del significante Signorelli― y que manifiesta la fuente talmúdica sintomáticamente olvidada. Nos ha dicho Freud, en el texto en cuestión, cuán frecuente es su olvido de nombres parecidos al suyo. Sin percatarse, igual cosa le sucede aquí:

Sig/norelli. Tenemos entonces: Sig: Sigmund: S. Lo que nos da: S/ignor/elli, es decir, “Sigmund ignora [x] a mi Dios”, lo cual, podría aludir al imperativo: S: ¡Ignora s mi Dios! O en su defecto, una afirmación: (Sig) ignores Elli. Esta muerte simbólica y negación del padre permite que lo reprimido rebrote en el psicoanálisis. El psicoanálisis sólo puede nacer con la muerte de la religión, con la muerte simbólica de Dios. La causa proviene del inconsciente y no de Dios. Es, bajo este expediente que se atraviesa una cura y que se adquiere libertad sobre los síntomas. Para que surja el sujeto, la operación psicoanalítica requiere de esta muerte simbólica. De Sig ignores elli, surge una pregunta: ¿Quién habla? ¿Quién dice, ―Sigmund ignora a mi Dios?. Sólo puede ser un Sujeto que habita en Freud ¿No es acaso expresión de un Sujeto del inconsciente [xi], cuyo Dios es ignorado, que viene del padre?

Nos encontramos también aquí con alguien que acuña esta obra fundadora que es el psicoanálisis: Sign/or/Elli: “Firma la Luz de mi Dios”. En hebreo or es luz; or elli, significa: la luz de mi Dios. Si Freud no ha tenido reparos en considerar en su análisis, varias lenguas a la vez, no vemos obstáculo para que la palabra inglesa sign, (signe, en francés), junto con los términos hebreos con los que Freud muy probablemente se encuentra, no puedan ser incluidas también aquí.

Es como si un Sujeto dijera que en el escrito de Freud permanece la rúbrica negada de la luz de Dios; luz que no se extingue con su desplazamiento. En igual dirección nos lanza el término, signo: “Signo de la luz de mi Dios”. Es una luz quien habla, un reflejo del Padre, algo y alguien que es signo de su luz, aunque Freud ignore tanto a Dios, como al sujeto que lo habita. Una afirmación diferente nos re-orienta, si no la leyéramos en este jeroglífico, deberíamos pronunciarla nosotros mismos: Sig/nor/Elli; (ni) Sig (mund) ni mi Dios. Si no es ni Sigmund, ni Dios, ¿Quién es, entonces? No es el yo, no es el Freud que cree haber dispuesto el psicoanálisis conscientemente; tampoco su Dios, ni el Dios del Sujeto. Es el lenguaje el que ha permanecido, que ha llegado hasta aquí vivo, que viene de Moisés, de la palabra de su Dios anterior a Moisés.

Pero, retornemos al olvido de Signorelli; recordemos que Freud relata que el cuadro de las cuatro últimas cosas, está en la Catedral de Orvietto. Sabemos que se trata de un fresco apocalíptico que comparece junto al del juicio final. Un juicio, ciertamente, amenazante tratándose de un judío que representaría la negación de Dios. Al análisis del sueño o del olvido, es menester la interpretación; según la ley descubierta por Freud han de contar las asociaciones del sujeto en cuestión. Esa es la distinción que se confronta con los métodos anteriores en orden a descifrar sueños: no llamaríamos con justeza, interpretación psicoanalítica, a la que no se rigiera por tales asociaciones.

Por una parte, la concatenación de las sílabas; por la otra, la co-incidencia de la localización del significante trimetilamina en la hermenéutica del sueño con su letra subyacente Shin [xii], permiten sostener la hipótesis de la inscripción hebrea, del Dios monoteísta y, sobre todo, de la metodología de desciframiento talmúdica y cabalística. Esta hipótesis se sostendría si no contáramos con las asociaciones de Sigmund Freud pero, aún siendo así, las poseemos: a continuación de su análisis de Signorelli, inmediatamente después, prosigue con el capítulo referido al “Olvido de nombres extranjeros” (Freud; 1973b) ―Elli cabe en esta categoría. Freud hace referencia a la conversación con un joven judío, el cual, se refiere a la condición social del pueblo al que pertenecen; se lamenta de que su generación estaba destinada a la atrofia (término proveniente del griego: a, privado de; trophé, nutrición). Podemos continuar avanzando y retrocediendo por la red significante de Freud, y reencontrarnos con lo mismo repetido, en: Signor/elli Boticc/elli Bol/traffio; no aparece ya elli, pero el significante atrofia se ubica en su lugar.

No lo olvidemos, Freud comienza La interpretación de los sueños, citando a Virgilio: Flectere si nequeo superos, achorenta movedo: Si no puedo conciliar a los dioses celestiales, moveré a los del infierno (Freud, 1987: p. 1). Freud no puede conciliarse con Dios, esta es la idea en juego; la cita se opone a la concepción de un Dios único, terriblemente inquietante para el espíritu judío.

Referencias

Freud, S. (1979). La interpretación de los sueños. El método de la Interpretación de los sueños. Análisis de un sueño paradigmático. (pp. 118-141) En J.L. Etcheverry (Trad.) (9a reimpresión),Obras Completas v. IV. Buenos Aires: Amorrortu. (Original en alemán fue publicado en 1900)
― . (1973). Psicopatología de la vida cotidiana. Olvido de nombres Propios. En Luis López Ballesteros y de Torres (Trad.) (3a edición), Obras Completas v.I. (pp. 755-758). Madrid: Ed. Biblioteca Nueva. (Original en alemán fue publicado en 1901)
― . (1973b). Psicopatología de la vida cotidiana. Olvido de palabras extranjeras. En Luis López Ballesteros y de Torres (Trad.) (3a edición), Obras Completas v.I. (pp. 759-931). Madrid: Ed. Biblioteca Nueva. (Original en alemán fue publicado en 1901)
Grosz, P. (1989). Hacia el sujeto del inconsciente del psicoanálisis. En El Discurso Psicoanalítico v. I (pp. 48-51). Santiago: Editorial Gonzalo Hidalgo.
Grosz, P. (2005). El sujeto de Freud y del Psicoanálisis, en Revista Babel, 2005. Universidad Bolivariana. Editor: Sergio Witto y Patricio Vergara. Vol. 1 N0 3-4.
Hadad, G. (1981). El hijo ilegítimo. Israel: La semana.
Lacan, J. (1987). Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. En J. Lacan, El Seminario. Libro XI: Los cuatro conceptos fundamentales del Psicoanálisis. Barcelona: Paidós. . (Original en francés publicado en 1973)
__ . (1988). El Seminario. Libro II: El yo en la Teoría de Freud y en la Técnica Psicoanalítica. Barcelona: Paidós. (Original en francés publicado en 1978)
― . (1992). El Seminario. Libro XVII. El reverso del Psicoanálisis. Barcelona: Paidós. (Original en francés publicado en 1975)

Notas:
[i] Este artículo está contenido en Grosz, 1989. Por error se publicó, entonces, con una página de menos. Aparece aquí corregido y con algunas modificaciones [Nota del E.]. Se reproduce aquí el artículo tal como se publicó en Revista BABEL (Grosz, 2005) de la Universidad Bolivariana.
[ii] Psicoanalista Asociación Lacaniana Internacional, Fundador y ex Coordinador del Consultorio Plus, ex miembro de Grupo Plus). Ex Profesor de Psicopatología y Psicoterapia psicoanalítica, Universidad Bolivariana. Coordinador y fundador de Agrupación Psicoanalítica Lacaniana: Sigmund Freud. Psicólogo en Fundación de niños en riesgo ¨Or Shalom.
[iii] Se trata de una traducción del hebreo y corresponde al autor del presente artículo [Nota del E.].
[iv] Traducción del original francés, gentileza de Colette Debeuf. La cursiva es nuestra.
[v] Rafael Parada me ha sugerido que La significación de los sueños, sería una traducción más acertada.
[vi] Shin = שּׂ. Lacan vio en la estructura triple, de la Trimetilamina el significante AZ, representando el símbolo, el lenguaje, el significante arbitrario: ‘Podemos examinar la estructura de esta palabra, que se presenta aquí en forma eminentemente simbólica pues está hecha de signos sagrados.
CH3 CH3 CH3
Az’ (Lacan, 1983/1988: p. 240).
[vii] La mezuzá contiene un pequeño pergamino enrollado, que lleva el rezo ¡escucha Israel! (shma Israel, que se inicia, igualmente, con la letra shin).
[viii] De su biografía sabemos, concretamente, del regalo que recibió de su padre, se trata de la Biblia de éste encuadernada en cuero.
[ix] En el Seminario 17, Lacan cuestionará las fuentes de las que se vale Freud para especular sobre el asesinato de Moisés (Lacan, 1992).
[x] El mismo Freud verifica el papel de palabras extranjeras en los olvidos. Ignore es inglés, y coincide con la misma raíz en alemán y español; todas lenguas que Freud dominaba. En su lengua materna S ignor(ier)e lli, en imperativo se diría ¡Ignorieren El!, ¡Ignorieren Sie, Sigmund! (¡Ignore a Dios ¡Ignore Ud., Sigmund!). Todas las letras están presentes en Signorelli.
[xi] Expresión acuñada por Jacques Lacan, para referirse a aquel sujeto inconsciente que no es el yo.
[xii] Agregamos aquí que es también la letra Sin, según donde se inscribe sobre ella un punto, lo que le da la fonética de la S, de Sig....

jueves, 3 de junio de 2010

Caso Katharina o lo siniestro del análisis. Autor: Osvaldo Silva

Freud en su ensayo sobre lo ominoso, y a propósito de la ficción literaria, nos advierte que lo siniestro como efecto se produciría cuando se borran los límites entre fantasía y realidad.

De este modo un autor, uno comprometido con lograr este sentimiento, habría de situarse en el terreno de la realidad cotidiana, aunque con la posibilidad de ampliar, sirviéndose de las herramientas de la ficción, las situaciones provocadoras de horror que encontramos en ella. Incluso, llevar estas experiencias hasta el vértigo.

Pero no es tan simple. Freud nos dice todavía algo más acerca de lo siniestro, lo unheimlich, sacado del alemán y que hace referencia a lo ajeno, lo no familiar, pero que en algún punto de su trayecto etimológico ambivalente, como concepto coincide con su opuesto, con lo heimlich, con lo íntimo, lo familiar. Es decir que lo heimlich deviene unheimlich y que el prefijo “un” tiene que ver más con algo del orden de la represión, algo como su marca.

Es así que lo unheimlich nos traslada a situaciones familiares, conocidas de antiguo, a complejos infantiles reprimidos que son reanimados por una impresión exterior o cuando convicciones primitivas ya superadas, como la continuidad entre vida y muerte en el sentido de la posibilidad de retorno de los muertos, el intercambio con espíritus, parecen ser puestas a prueba ante su reafirmación en alguna situación. Sensación de desequilibrio que puede gatillar el horror, en el sentido de cierto encuentro con lo real, con algo que retorna desde más allá de toda significación.

Entonces, Freud nos lanza su tesis: si todo afecto se vuelve angustioso por obra de la represión, así entre los casos de lo que provoca angustia existirá por fuerza un grupo en que pueda demostrarse que eso angustioso es algo reprimido que retorna. Esta variedad de lo que provoca angustia sería justamente lo ominoso, a lo cual agrega, ...esto ominoso no es algo nuevo o ajeno, sino algo familiar de antiguo a la vida anímica, solo enajenado de ella por el proceso de la represión.



En otras palabras, lo familiar que ha quedado reprimido retorna volviéndose extraño, algo siniestro, algo que, siguiendo una definición de Schelling citado por Freud, estando destinado a permanecer en el secreto, en lo oculto, ha salido a la luz. Como si una vez quitado el velo nos encontraramos ante lo real de la escena, real en sentido de registro usado por Lacan. Breve momento en que quedamos fuera de foco en el esquema óptico y no vemos más que un florero vacío, un espejo, una mesa.

Volviendo a su ensayo, Freud va a continuar con una especie de catálogo sobre las mútiples situaciones que nos provocan la sensación de lo siniestro, situaciones que David Lynch, al modo de un buen discípulo de Freud, presenta notablemente en su película.

Ahora un poco de cine.

Carretera perdida, rodada en 1996, considerada como la obra maestra del director, aparece enigmática incluso desde antes, desde su crítica: Extraña, onírica, inquietante. Donde el genio de Lynch se acerca a la perfección de su deslumbrante estilo visual. Poderosas imágenes que conservan una indiscutible fuerza hipnótica.

Es el propio Lynch quien potencia el efecto mientras habla sobre su obra: “Es peligroso explicar como es una película. Si las cosas se vuelven demasiado especificas, el sueño desaparece. A veces ocurren cosas que te abren una puerta, que te envuelven y consiguen hacerte sentir algo más grande. Al igual que ocurre cuando la mente se ve envuelta en un misterio. Es un sentimiento inquietante. Cuando hablas sobre cosas, a menos que seas poeta, algo grande se convierte en otra más pequeña. [...] no me gustan las películas que pertenecen a un único genero. Lost highway es una combinación de estilos: terror, thriller... pero básicamente se trata de un misterio".

De este modo el film nos instala de entrada a toda velocidad a través de una carretera en medio de la más absoluta obscuridad, mientras de fondo oímos la voz del no menos oscuro David Bowie, escena que se repite al final y en escenas intermedias casi como si nos pusiera en movimiento en algún punto de una banda continua, o mejor, en una metáfora de la cinta de moebious, comunicando interior y exterior, en movimiento circular donde conviven dioses y demonios a modo de pretexto para sostener la experiencia de lo siniestro.

La figura de Renee heredera femenina de la vampiresca fascinación del Drácula de Bramstoker. Quien podría definir al misterioso personaje encarnado por Robert Blake dueño de la sonrisa más inquietante que he visto en el cine. Quien es Pete Dayton, un alter ego de Fred quizás, repitiendo el mismo trágico destino. Mejor no buscarle demasiado el sentido. Todos elementos que se conjugan en una película que busca más el efecto ominoso casi sin pausa.

“Dick Laurent ha muerto” enigmática frase que de entrada nos pone en el sinsentido, casi como una frase lanzada en una primera sesión de análisis y que después, solo en apres coup, a posteriori, se revela crucial dentro de un guión, cadena, cinta, que hace sufrir y que me permite pensar en una relación más intima del análisis con lo siniestro ¿Por qué no?

Lynch también aparece manejando los límites entre realidad y fantasía como un maestro. En el marco de una insatisfactoria y rutinaria vida marital nos sorprende a través de extraños giros argumentales que nos desconciertan sin perder el efecto, sin darnos posibilidad de salir de la inquietud.

También el fenómeno del doble. Mediante el juego de espejos, Fred-Pete y Patricia Arquette con su gemela, juego que pretende despertar la vivencia primitiva de la indeferenciación yo-no yo de la relación especular con la madre, el primer doble, que una vez superado este narcisismo primario cambia de signo, de un seguro de supervivencia a un amenazante anunciador de la muerte.

En otra escena Renee despedazada sobre el piso del dormitorio es capaz de remontarnos hacia nuestra antigua angustia de castración.

Por favor, díganme que no la he matado. Ruego de Fred hacia la policía que parece rozar el tema de la locura y su efecto ominoso ante la posibilidad de actuar bajo la acción de fuerzas desconocidas, demoníacas.

Otra vez la figura enigmática del pálido y misterioso hombre de negro a quién, diría Freud, podría atribuírsele el propósito de hacer daño auxiliado por fuerzas secretas reminiscencia de un período infantil que creeríamos ya superado.

Y así, un montón de escenas a las que Lynch recurre en su propósito de inquietarnos, lo ominoso de Freud reescrito en el registro de las imágenes, en 35 mm., y cuyo efecto nos sorprende incluso más allá de los créditos finales. Prueba, a mi parecer, de que el resultado sigue un tiempo más atrapado, en movimiento, sobre la banda de Moebious, hacia el infinito, pero en otra parte.

martes, 25 de mayo de 2010

El cuerpo en la neurosis obsesiva. Autor: Pablo E. Grosz S.

Introducción a la charla de S. Thibierge sobre el tema, realizada con el auspicio de la Universidad Bolivariana y del Grupo Plus en Sanitago de Chile, en abril del 2004.

El cuerpo en clínica es incluido en la clínica a partir de la histeria, destaca ese cuerpo imaginario en la Histeria que ilusionaba tanto al médico como al paciente. Tanto el antiguo médico egipcio como el griego, sostenían una anatomía imaginaria resistente a la investigación y disección del cuerpo: sostenían que el útero migraba por el cuerpo. La histeria apunta siempre hacia un saber imaginario, simbólico y real acerca del cuerpo. Hasta hoy suele confundirse en medicina el correlato corporal con una relación causal. La histeria ha podido enseñar a quien quiso, acerca de lo simbólico del síntoma que toma cuerpo.

Relativamente menor ha sido la investigación del síntoma en la neurosis obsesiva (n.o.). sin embargo, existen algunos antecedentes fundamentales, para considerar el tema que lo distinguen de la histeria.

Es el estudio del caso particular, de la casuística el que permite abordar el asunto del cuerpo y del síntoma, de modo longitudinal en el tiempo. Por ello cabe privilegiar el caso clásico presentado por Freud, el del "hombre de las ratas", cuyo curso está abierto a la lectura de cada cual.

Según el hombre de las ratas, el primer momento y a partir del cual surge sus síntomas compulsivos, es cuando a los 4 años la institutriz, a quien nombra por el significante masculino de su apellido Rudolf, (Freud lo ocultó sustituyéndolo por el de Peter), le permite mirar debajo de sus faldas. Notemos que en este goce está involucrado el goce de la misma Sra Rudolf, en adelante el nombre Rudolf quedará marcando ese goce con su "R". De modo que ya adulto cuando sus síntomas se actualicen con el relato de un capitán del ejército acerca del tormento de meter una rata (ratten) por el ano, la R. volverá a marcar ese goce que Freud nota en el relato de Ernst, y las raten (cuotas) de sus deudas. Así como en la histeria son palabras o significantes las que van marcando de modo metafórico el cuerpo, en la n.o. son letras las que van reiterándose marcando el cuerpo y los goces, que vimos son goce del Otro. Se trata de reiteración más que repetición, compulsión sin innovación. Es en la letra que la compulsión obsesiva expresa cacofonía metonímica. El asunto que se nos plantea es qué es lo que provoca esa pulsión de ver, que el hombre de las ratas, o de las "erres" podemos decir, no puede controlar. Junto con esa primera visión del cuerpo femenino, marcado por una masculina "R", aparece el pensamiento de que su padre podría morir; señalando así que dicho goce implicaba tal muerte, tema que lo acompañará incluso después de la defunción de aquel.

Esta evidencia de la diferencia sexual y del goce de del Otro, esta falta, que no sólo se entiende por la castración imaginaria, sino por el hecho de que el pequeño Ernst sabía, que hay en esto una trasgresión, una falta simbólica y un Goce del Otro.

¿Qué es lo que el hombre de las ratas está compelido a verificar?, o a ver y fijar. He aquí un fenómeno parecido pero diferente al del fetichismo. En el fetichismo se reniega de la percepción de la madre sin pene, y se sustituye el pene femenino por un sustituto que queda fijado de entre los objetos que rodean esa experiencia visual, por ejemplo el zapato de la madre. En la n.o. no hay objeto fetiche sustituto, Charles Melman en su seminario sobre la n.o. nos sugiere que lo que va a verificar El hombre de la ratas es el pene femenino, lo que intuimos también por la insistencia por marcarse por nombres masculinizantes. Asunto del que el obsesivo no logra desistir, reiterando comportamientos casi idénticos en que reaparecen las letras y no significantes que marcan ese goce del Otro (orto). Insiste en verificar esa evidencia de la que dudaría, de modo compulsivo, y por lo tanto sin que llegue a ser propiamente un deseo. Hay algo que no termina de caer en cuenta, respecto de lo que sería o no sería. Esto es lo que podemos decir que el objeto a causa del deseo no termina de caer, en ninguna verificación sobre el cuerpo femenino.

Hay otra manera de introducirnos en el tema del cuerpo: es en lo que atañe a lo que Lacan ha llamado el estadio del espejo, único camino por el que el sujeto humano adquiere su imagen del cuerpo integrada, imagen que le viene desde afuera desde lo otro concretado en el artificio de un espejo La adquisición de esa imagen es correlativa a la inscripción de la ley paterna, y no se alcanza en la psicosis. Y el enigma que nos ofrece el hombre de las ratas al respecto, es su relato de desnudarse frente al espejo y mirar su pene, estando el padre ya físicamente muerto; espera la aparición del fantasma del padre en el mundo de los vivos entre las 12 y la 1 de la noche, precisamente en ese umbral. De lo que podríamos descifrar de que algo del estadio del espejo quedó en estado de estar por llegar, así como el objeto a no se termina de caer y el padre no termina de simbolizarse y por ende tampoco de morir, todo en ese umbral.
Umbral que es además el que separa los vivos de los muertos.

19/06/2004

¿Una cura en análisis? Autor: Osvaldo Silva

¿Cómo podría curarme un psicoanálisis? Pregunta hecha por una paciente en algún momento de las primeras sesiones y que me sorprende por la simplicidad aparente e inesperada con que parece deslizarla dentro de aquel encuentro preliminar. Intento ensayar una respuesta que no deja de tener un sabor improvisado: es una experiencia que tiene mucho de personal y que usted misma irá descubriendo…V., mi paciente, sigue asistiendo y pienso que su pregunta, de alguna forma, continúa presente en mí, asistiéndome, interrogándome sobre mi propia respuesta. Este texto nace de aquella inquietud.

Sin duda el análisis es una experiencia. Una que invita a dejarse sorprender, a experimentar en carne propia, aquellos breves momentos en que, en medio de nuestro relato, algo irrumpe sin previo aviso. Algo del orden de un saber con el que no contábamos. Algo que rompe la continuidad aparentemente coherente en la historia armada de nuestras vidas. Entonces, y si las condiciones son las adecuadas, algo cambia irremediablemente, algo ya no vuelve a ser lo mismo, algo cuyo impacto no se sabe de antemano, pero que dentro de su carácter inanticipable tiene un efecto desestabilizador que remece nuestro pasado, roza nuestro presente y transforma nuestro futuro.

Hasta ahí todo parece ir bien. Lacan en su primer seminario advertía que de lo que se trata en análisis es menos “de recordar que de reescribir la historia”, no solo de llenar lagunas, no solo de recuperar los textos editados por una censura antojadiza, sino que algo relacionado íntimamente con la producción de un sentido, pero con un énfasis en la producción más que en el contenido mismo de ese sentido, al menos eso me parece ¿Pero cuales son esas condiciones que permiten tal efecto? ¿Y como se relaciona éste último con la experiencia de una cura? Responder a estas preguntas permitiría quizás despojar al psicoanálisis de cierto halo místico que haría de él una especie de viaje metafísico orientado a revelar la verdad última de nuestra existencia. Aunque algo hay en él de revelación, pero en un sentido muy distinto.

Para Freud la escena analítica necesita un par de elementos que no pueden estar ausentes: invitar al paciente a decir todo lo que pase por su mente por más absurdo, desagradable o sin importancia que ello le parezca, en rigor la única regla que debe cumplir cuidadosamente, asociar libremente aunque se trate de un imposible. Por el otro lado, el del analista, a él se le exige la abstinencia, incluso sexual, de poner en juego su propia subjetividad con el fin de que sea la del analizante la que se despliegue. Lugar del muerto que previene de la caída en un diálogo imaginario, dual, sin salida. Si le agregamos a ello dos particulares coordenadas: sexualidad y muerte, es decir, las coordenadas dentro de las cuales se mueve el psicoanálisis, tenemos la escena dispuesta y preparada.

Entonces, en el mejor de los casos, el analizante/paciente comienza a hablar sin que se le pida algún contenido específico, no sólo por evitar guiar su relato, sino porque en rigor no importa demasiado el contenido pues como analista nuestra atención flotante esta dirigida a esos instantes donde el discurso de nuestro analizante trastabilla, donde se equivoca, donde olvida, donde parece tropezar. Es justo en ese momento donde para el psicoanálisis el sujeto aparece. La idea es marcar su entrada antes que vuelva desaparecer bajo el velo de un parloteo que da vueltas en el vacío.

Si nos mantenemos en la importancia de este discurso tenemos que el campo que inaugura Freud tiene relación con una palabra, para Lacan un significante, incluso una letra, que porta una verdad, la verdad del sujeto en oposición a una serie de palabras que crean una ilusión de continuidad.

Se podría decir, entonces, que el análisis es una experiencia, una que se da en el lenguaje, que de alguna forma es particular, pues está dirigida a revelar cierta verdad que es la del sujeto, y que de alguna forma su técnica se encuentra orientada a revelar un saber escindido de la conciencia, una que porta el inconsciente cuando es producido en la sesión analítica. Un saber que apunta al deseo y que se enmascara en los síntomas, los cuales provocan el enigmático sufrimiento que hace a una persona buscar una respuesta a su padecer.

En este punto, las condiciones en que se realiza un análisis ya pueden enlazarse con la cura. Freud hacía notar que la supresión de los síntomas no era el objetivo principal de un psicoanálisis sino algo así como un efecto terapéutico colateral del trabajo analítico. De forma que la posibilidad de curar quedaría subordinada al modo en que se aplica la técnica.

No hay duda de que un análisis cura, los hechos clínicos lo demuestran, los pacientes siguen requiriendo un análisis, pero ello se realiza a través de un acceso al saber inconsciente que permite, en lo que sería un acto de naturaleza creativa, una reescritura, que de alguna forma tendrá el efecto de aliviar el sufrimiento de una persona. De ahí que para Freud, a diferencia de lo que en algún momento se utilizó como eslogan, aquello de “hacer consciente lo inconsciente”, priorizara lo que hay de reconstrucción en aquel proceso.

En suma, una apuesta que va en la línea de fomentar la constante apertura a lo nuevo, a la asunción de responsabilidad por el propio deseo y mantener siempre la opción de renovar continuamente nuestras preguntas. Lo que salga de ello, lo que una y otra vez se construya, eso es lo que, como añadidura, realmente hace posible una cura.


Invierno 2007